
El poema nunca nos depara nada más que su inmanencia. Lo que hay al otro lado de la puerta no importa. Lo que cuenta es llegar hasta ahí. Y arder. Apenas eso: lo que el poema revela en el preciso y descarriado instante en el que se disuelve el sentido. Y corta la respiración. Al final del sufrimiento/ me esperaba una puerta, denuncia hábilmente Louise Glück. Debemos renunciar, para leer poesía, a toda vanidad filosófica. Debemos dejarnos desmontar para acceder. Todo buen poema arrastra tras de sí un arte poética. Así Desmonte: varios poemas en pos de una unidad que trama, por lo bajo y lo sombrío, un ars poética para desandar. Úrsula Alonso deja caer el peso de la existencia en un título nada complaciente. Más que refractar, absorbe. Más que derramar, vacía. No siempre tan preciso, tan abarcador, tan representativo de una totalidad. Su potencia íntima y su potencia universal. Su potencia metafórica y su potencia real. El paisaje familiar, por un lado; el paisaje del campo por el otro. Ambos se funden en una lírica que desarma, derrapa y recompone. Como el árbol / habito la nostalgia/ para sobrevivir al olvido, dice Alonso. Y en diálogo con Glück: Lo que vuelve/ del olvido vuelve/ para encontrar una voz.
María Malusardi

Una delicadísima nostalgia se cuela entre los versos, sumamente breves, y va trazando una especie de ascensión hacia zonas más estables, como queriendo escapar del tiempo regido por relojes fríos, donde el transcurrir no se detiene, dejándonos casi ausentes de la realidad que, de tan breve, casi no podemos asir, ni con la mano ni con la consciencia. Y es esa premura con la que pasan los reflejos del día, la que nos distancia de las vivencias, sin dejarnos absorber el núcleo de las mismas. Sin embargo, la joven poeta busca hendijas, ranuras desde donde pueda asomarse a la realidad; las busca con empeño, negándose a que sean arrastradas a la velocidad de la luz; quiere, desde la palabra, retener el sabor placentero del instante que pronto dejará de ser, para ceder paso a otro instante, igualmente inasible.
Todos sus poemas son testigos vertiginosos de “un algo” que se desliza hacia el no ser. Sin embargo, hay uno que se escapa de los márgenes del tiempo. Un poema breve y bellísimo en que Úrsula consigue su propósito. Se llama, precisamente, permanencia, y dice así:
“Yo haré con vestigios del sol
un puñado de flores amarillas
para salvarnos del tiempo.”
Alcira Irene “Tuky” González

Sostener
con una mano el picaporte
y con la otra tu mano
que no me deja escapar
hacia la herida nocturna:
de gestos
como esos
está hecho el amor.